
Hablar sobre la historia del barranquismo en España es una tarea un tanto difícil, dado que la bibliografía que existe sobre este tema es casi nula o de difícil acceso. Muchos de los relatos sobre primeras aperturas se publicaban en memorias o boletines internos, por lo que su difusión llegaba a unos pocos; o bien se recopilaban en libros de habla francesa, debido a que muchos de los primeros exploradores provenían del país vecino. La labor de recopilar todo lo editado sobre este tema constituye un gran reto que conlleva una ardua búsqueda y el empleo de muchísimo tiempo.
Con todo lo que he podido conseguir, que es bastante poco y además esta al alcance de cualquiera, intentaré desarrollar en la manera de lo posible, un pequeño esbozo sobre todo lo acaecido desde el supuesto inicio hasta nuestros días.
Más bien será una fusión de varios resúmenes históricos de algunos libros, ampliados con algunos apuntes puntuales dispersos en varias publicaciones, pero llevado a todo el ámbito nacional. Os pido disculpas anticipadamente por lo correoso del texto, lleno de nombres y fechas, pero pienso que es de interés recopilarlos.
Tras la lectura del libro Monte Perdido - Historias y mitos del gigante pirenaico de Alberto Martínez Embid, pensé que el interés por los barrancos pudo “comenzar” de una manera muy indirecta. Nos tenemos que remontar unos siglos atrás en el momento que la curiosidad por la naturaleza y en especial por las montañas, estalló en las clases aristocráticas francesas, alemanas e inglesas allá por el año 1761 con la publicación del libro Julie ou la Nouvelle Héloïse. Su escritor el suizo Jean-Jacques Rousseau, evocando al romanticismo, fue el precursor primigenio de lo que entendemos hoy como montañismo.
El “movimiento-moda” que sin querer pienso este filosofo, se concentro sobre todo en los Alpes pero rápidamente se extendió hacia los Pirineos. Estas hordas de acomodados desarrollaron las primeras excursiones montañeras buscando la libertad, serenar el alma y el espíritu. A finales del siglo XVIII ya era patente el interés naturalista y de exploración en las montañas. En el Pirineo se concentro en su vertiente norte, donde en lugars como Gavarnie, y en particular en el macizo calcáreo de Monte Perdido tuvo una gran fuerza.
Lógicamente el interés científico sobresalió, sobre todo en lo referente a la cartografía. Muchos exploradores-cartógrafos se adentraron en los territorios de la alta montaña para desarrollar sus trabajos siendo pioneros en el conocimiento de estas zonas.
Sin duda alguna la figura de Louis-Francois-Elisabeth Ramond de Carbonnières como padre del pirineismo no ofrece discusión, su conquista del Monte Perdido en 1802 fue importante no solo desde el punto de vista montañero; desde su cumbre quedo prendado por las profundas entalladuras del valle del río Arazas, ya en tierras españolas, pero al igual que otros tantos personajes solo constataron estas manifestaciones naturales sin llegar a explorar sus misteriosos fondos.
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